El diagnóstico y el tratamiento de la exacerbación aguda de la enfermedad pulmonar intersticial (EA-EPI) siguen siendo un desafío. La incidencia anual de EA en la fibrosis pulmonar idiopática (FPI) es del 5% al 15%, con una mortalidad hospitalaria que supera el 50%. Se han documentado tasas anuales de incidencia y mortalidad similares en otras EPI. Los mecanismos patogénicos subyacentes a la EA no están completamente claros, aunque podrían implicar una lesión aguda o un proceso inflamatorio en el tejido pulmonar previamente afectado, con características histológicas de daño alveolar difuso, similar al síndrome de dificultad respiratoria aguda. La EA-EPI se define con base en los siguientes criterios: empeoramiento respiratorio agudo dentro de los 30 días en un paciente con un diagnóstico previo o concurrente de EPI acompañado de nuevas anomalías bilaterales en vidrio deslustrado y/o consolidación en la tomografía computarizada de alta resolución después de descartar insuficiencia cardíaca o sobrecarga de líquidos. Los tratamientos farmacológicos como los corticosteroides, los antibióticos y los inmunosupresores se han utilizado y se siguen utilizando a pesar de la escasa evidencia de los ensayos clínicos aleatorizados controlados con placebo. La oxigenoterapia y el soporte ventilatorio son elementos clave en el tratamiento de la EPI-EA. El objetivo de este artículo es proporcionar una revisión actualizada sobre el diagnóstico y el tratamiento de la EPI-EA y proponer algoritmos prácticos para su manejo.
Introducción
La enfermedad pulmonar intersticial (EPI) comprende un grupo heterogéneo de afecciones caracterizadas por una respuesta inflamatoria y/o fibrosante del espacio intersticial. La fibrosis pulmonar idiopática (FPI) es la EPI fibrosante progresiva y crónica prototípica. Si bien los agentes antifibróticos pueden ralentizar la pérdida de la función pulmonar, la mortalidad asociada con el diagnóstico tardío y la falta de tratamientos curativos para la FPI sigue siendo relevante. La progresión de la EPI varía con el tiempo: algunos pacientes se mantienen estables y otros experimentan una pérdida lenta y gradual de la función pulmonar o formas progresivas similares a la FPI, acompañadas de empeoramiento de los síntomas, la función pulmonar y la calidad de vida; lo que finalmente conduce a insuficiencia respiratoria y una morbilidad y mortalidad considerables. La exacerbación aguda (EA) es una complicación grave en la EPI establecida. Consiste en un empeoramiento agudo o subagudo de la función pulmonar asociado con un pronóstico desfavorable. La EA se ha caracterizado principalmente en pacientes con FPI. Sin embargo, cada vez se informan más datos sobre EA en otras formas de EPI, como la EPI asociada con la enfermedad del tejido conectivo (ETC-EPI), la neumonitis por hipersensibilidad y la EPI inducida por fármacos, todas las cuales comparten características clínicas similares. La definición inicial de EA se propuso en 2007. La afección comprendía un empeoramiento respiratorio agudo con inicio dentro de los 30 días en un paciente previamente diagnosticado con FPI acompañado de nuevas opacidades bilaterales en vidrio deslustrado y/o consolidación en la tomografía computarizada de alta resolución (TCAR) de tórax. Además, era importante descartar causas como una infección activa identificable (mediante aspirado endotraqueal o lavado broncoalveolar [LBA]), insuficiencia cardíaca, tromboembolismo pulmonar o cualquier otra causa obvia que explique el deterioro de la función pulmonar. El término «sospecha de EA-FPI» se utilizó cuando no se cumplieron los criterios diagnósticos propuestos. Esta definición fue revisada y actualizada en 2016 por un panel internacional de expertos, que propuso 4 criterios: empeoramiento agudo de la función pulmonar en un plazo de 30 días en un paciente con diagnóstico previo o concurrente de FPI, acompañado de nuevas anomalías bilaterales en vidrio deslustrado y/o consolidación en la TCAR de tórax no explicadas completamente por insuficiencia cardíaca o sobrecarga de líquidos, eliminando así la necesidad de descartar infección estipulada en los criterios de 2007. Además, los autores establecieron que la EA-FPI podía ser «idiopática» (sin desencadenante identificado) o «desencadenada» por eventos como infección, aspiración y cirugía. Este cambio se basó en un mejor conocimiento de los mecanismos fisiopatológicos subyacentes y los factores de riesgo, lo que permitió una mejor aplicación clínica de los criterios diagnósticos. Los mecanismos patogénicos subyacentes a la EA no están completamente claros, aunque, en principio, implican un proceso lesional o inflamatorio agudo en tejido pulmonar previamente afectado, con características histológicas de daño alveolar difuso, similar al síndrome de dificultad respiratoria aguda. Los diversos factores que pueden actuar como desencadenantes incluyen infecciones respiratorias, procedimientos quirúrgicos, exposición a toxinas y reflujo gastroesofágico. La incidencia anual de EA-FPI oscila entre el 5% y el 15%, con una tasa de mortalidad hospitalaria superior al 50% y que asciende a más del 90% en casos que requieren ventilación mecánica invasiva (VMI). Se han descrito frecuencias similares para otras EPI, aunque con un menor nivel de evidencia y con un impacto igualmente grave en la supervivencia. El pronóstico se ve agravado por varios factores de riesgo, como la EPI avanzada, antecedentes de exacerbaciones previas, comorbilidades y tabaquismo activo. El objetivo de este artículo es proporcionar una revisión actualizada sobre el diagnóstico y el tratamiento de la EPI-EA y proponer algoritmos prácticos para su manejo.
Diagnóstico
Clínicamente, la EA se manifiesta como un empeoramiento respiratorio con aumento de la disnea y reducción de la saturación de oxígeno durante un corto período (generalmente dentro de los 30 días) en pacientes con diagnóstico previo de EPI. También puede presentarse aumento de la tos, pero la fiebre es infrecuente. Por lo tanto, su presencia debería indicar la necesidad de investigar activamente la infección. En pacientes con EPI-ETC, el empeoramiento respiratorio puede coexistir con síntomas sistémicos (artralgia, mialgia, exantema), lo que dificulta el diagnóstico diferencial. Se han establecido criterios diagnósticos para la EA-FPI, y si bien no existen criterios específicos para la EA en otras EPI, los establecidos para la FPI generalmente se extrapolan. De igual manera, no existen guías internacionales para el diagnóstico y el manejo de la EA-FPI u otras EPI. Por lo tanto, es necesario diseñar algoritmos diagnósticos capaces de identificar adecuadamente la EA. La inclusión de variables clínicas, radiológicas y microbiológicas, así como marcadores serológicos, podría resultar útil tanto para el diagnóstico como para el manejo temprano de esta afección, cuyo pronóstico continúa siendo malo. Por consiguiente, los autores de esta revisión han desarrollado un algoritmo diagnóstico que integra la evaluación clínica, los biomarcadores sanguíneos, las pruebas microbiológicas y las características radiológicas para garantizar un diagnóstico diferencial riguroso. Este enfoque permite descartar de forma fiable la insuficiencia cardíaca y las infecciones oportunistas —como la neumonía por Pneumocystis jirovecii— en pacientes inmunodeprimidos, entre otras entidades, a la vez que garantiza el cumplimiento de todos los criterios diagnósticos establecidos para la EPI-EA (Figura 1).

Pruebas de laboratorio
No existen pruebas de laboratorio diagnósticas específicas para la EA, y la mayoría de los enfoques se centran en el diagnóstico diferencial y la identificación de posibles desencadenantes. Las pruebas de laboratorio básicas deben incluir bioquímica y hemograma completo, que son útiles para identificar hallazgos relacionados con infecciones, como leucocitosis y alteraciones renales o hepáticas, y para descartar anemia aguda. La gasometría arterial confirma la hipoxemia de nueva aparición o el empeoramiento de la hipoxemia establecida en pacientes con EPI más avanzada y la posible necesidad de oxigenoterapia. Otras pruebas de laboratorio importantes en el diagnóstico diferencial incluyen el péptido natriurético tipo B, las troponinas y el dímero D. La procalcitonina no es indicativa de EPI y su papel en la EA es controvertido, aunque es bien conocida como marcador de infección. Los niveles elevados de procalcitonina se han asociado con la coinfección bacteriana, y aunque la procalcitonina no es específica y su utilidad como biomarcador aislado es limitada, puede resultar útil cuando se combina con otros hallazgos clínicos y microbiológicos para diferenciar entre EA idiopáticos y EA secundarios a infección respiratoria aguda, reduciendo así el uso injustificado de antibióticos y sus riesgos asociados. En cuanto al perfil autoinmune, ningún estudio ha evaluado sistemáticamente si este varía durante un EA en comparación con los valores previos o si tiene implicaciones clínicas relevantes. La prevalencia de datos serológicos para autoinmunidad en pacientes con EPI oscila entre el 60% y el 70% en la evaluación diagnóstica temprana, con valores positivos de autoanticuerpos, incluso en ausencia de síntomas sistémicos. Sin embargo, no hay evidencia de que repetir las pruebas de autoinmunidad durante un EA añada valor diagnóstico o pronóstico. Por lo tanto, en pacientes ya diagnosticados con EPI y con un perfil autoinmune previamente negativo, no se justifica la repetición rutinaria de las pruebas serológicas durante el EA, excepto en caso de aparición de síntomas sistémicos que sospechen EPI-ECT. En cualquier caso, cuando un paciente presenta EPI de reciente aparición o un EA inexplicable, se debe realizar o repetir un panel autoinmune completo como parte de una nueva evaluación diagnóstica, ya que esto podría tener implicaciones para el manejo de los casos que requieren inmunosupresión específica.
Microbiología
La infección puede descartarse razonablemente mediante pruebas microbiológicas básicas como el cultivo de esputo, la prueba de antígenos urinarios para Legionella y neumococo, y el hemocultivo, que está especialmente indicado en caso de fiebre u otros hallazgos que puedan hacernos sospechar una infección. El exudado nasofaríngeo se recomienda para la detección de virus respiratorios como posibles desencadenantes de EA. El BAL ya no es una prueba necesaria para descartar EA. La eliminación del BAL del documento de 2016 fue un cambio positivo en la práctica clínica diaria, ya que su uso en EA estaba limitado por la insuficiencia respiratoria grave, que impedía su realización. Por lo tanto, se reserva para casos muy específicos de EA con un diagnóstico poco claro o sospecha de una infección oportunista, especialmente en pacientes inmunodeprimidos.
Pruebas de imagen
La radiografía de tórax es útil como prueba inicial, aunque su sensibilidad es baja. Suele revelar opacidades bilaterales en vidrio deslustrado con una distribución variable, a menudo difusas y superpuestas a los cambios crónicos típicos de la EPI subyacente. La TCAR de tórax es la prueba más sensible y específica para el diagnóstico de EA. Los hallazgos característicos incluyen nuevas opacidades en vidrio deslustrado o consolidación sobre un fondo de afectación intersticial previa, sin evidencia de sobrecarga de líquidos ni derrame pleural significativo. La distribución puede ser difusa, periférica o basal, y no siempre respeta las áreas previamente afectadas por fibrosis. La ecografía pulmonar, una técnica no invasiva cada vez más utilizada en enfermedades respiratorias, puede ser útil en el diagnóstico diferencial de EA y otras afecciones, como el edema pulmonar agudo, el derrame pleural y el neumotórax.
Electrocardiografía y ecocardiografía
Ambas pruebas permiten descartar causas cardiogénicas. La electrocardiografía se utiliza para descartar arritmia, isquemia y signos indirectos de sobrecarga ventricular izquierda. La ecocardiografía transtorácica permite evaluar la función ventricular y los signos de hipertensión pulmonar, y descartar la insuficiencia cardíaca como causa del empeoramiento respiratorio.
Papel de los biomarcadores inmunológicos y moleculares
En los últimos años, biomarcadores como el Krebs von den Lungen-6 (KL-6) sérico, la proteína surfactante D (SP-D) y la procalcitonina se han utilizado para la identificación y evaluación pronóstica de EA. KL-6 es una proteína de alto peso molecular regulada por el gen MUC1 y expresada principalmente por células epiteliales alveolares tipo II y células epiteliales bronquiales activadas en respuesta al daño y regeneración de los epitelios alveolares. KL-6 es el biomarcador más relevante y más ampliamente estudiado en EPI hasta la fecha debido a su papel en el pronóstico: los niveles altos de KL-6 se asocian con EPI más grave y progresiva, con un riesgo de EA y hospitalización, y una mayor mortalidad. SP-D es una glicoproteína que es sintetizada y secretada principalmente por células epiteliales alveolares tipo II. Tiene funciones tanto antimicrobianas como inmunomoduladoras. Un metaanálisis reciente mostró que sus niveles séricos se asocian con progresión, EA y mortalidad en EPI. En cuanto al dímero D, un estudio retrospectivo de una población mixta de pacientes con EPI encontró que los niveles altos de dímero D se asociaron con un riesgo 10 veces mayor de desarrollar EA durante los 3 meses posteriores a su determinación. El acortamiento de los telómeros, las metaloproteinasas de matriz, la mucina 5B (MUC5B), la proteína 4 del epidídimo humano (HE4), la periostina, la osteopontina y el microbioma pulmonar, entre otros, se han asociado con EA-EPI y se han identificado como factores de mortalidad independientes en varios estudios, aunque los autores abogan por una investigación científica más rigurosa. Por último, otros posibles biomarcadores estudiados en EA-EPI incluyen los siguientes: la relación neutrófilos/linfocitos, que parece estar asociada con una menor supervivencia en EA-FPI y EA asociada con esclerosis sistémica y dermatomiositis/polimiositis; la interleucina (IL) 6, que se ha descrito como un posible factor de riesgo independiente para EA cuando se encuentra en niveles altos (tanto en FPI como en EPI no relacionada con FPI); y las poblaciones celulares en el líquido cefalorraquídeo (LBA) (la linfocitosis se ha asociado con un pronóstico más favorable, mientras que la neutrofilia se asocia con un pronóstico más desfavorable en la EPI-EA). Los autores de esta revisión consideran la posible importancia de los biomarcadores en el diagnóstico, pronóstico y tratamiento de la EPI-EA. Sin embargo, varios factores relevantes limitan su uso en la práctica clínica habitual, como el coste y la disponibilidad, la falta de valores de corte universales y estandarizados, y, por último, la escasez de estudios científicamente rigurosos destinados a mejorar su especificidad y aplicabilidad clínica.
Manejo de EA en FPI y otras EPI
No existen guías de práctica clínica para el manejo de la EPI-EA. A pesar de la escasa evidencia que la respalda, su manejo se basa actualmente en corticosteroides, inmunosupresores, antibióticos de amplio espectro y ventilación mecánica invasiva y no invasiva. El trasplante pulmonar podría ser una alternativa cuando esté indicado y tras una evaluación rigurosa, sin afectar la supervivencia ni aumentar las complicaciones en comparación con los pacientes sometidos a trasplante con EPI estable. No obstante, dados los diferentes tipos de EPI, el manejo debe adaptarse tanto al paciente como a su afección específica. Considerando las limitaciones mencionadas, los autores de este artículo han desarrollado una propuesta de tratamiento para la EPI-EA basada en la evidencia disponible. Este enfoque incluye corticosteroides, antibióticos de amplio espectro y oxigenoterapia como tratamiento de primera línea. Los corticosteroides a dosis altas y los inmunosupresores se reservan para los casos que no muestran una respuesta adecuada a las medidas anteriores, junto con la posibilidad de añadir profilaxis contra Pneumocystis jirovecii (Figura 2).

Soporte ventilatorio en EA-EPI
Las guías internacionales sobre el manejo de la FPI no recomiendan la ventilación mecánica invasiva (VMI) para el tratamiento de la insuficiencia respiratoria en pacientes con FPI debido a la alta mortalidad asociada en este contexto. Sin embargo, la VMI puede considerarse una alternativa hasta obtener respuesta al tratamiento establecido en casos específicos y como puente al trasplante pulmonar en combinación con oxigenación por membrana extracorpórea (EMC). La cánula nasal de alto flujo (CNAF) y la ventilación no invasiva (VNI) son componentes del soporte ventilatorio no invasivo (SVNI), que se utiliza generalmente para el tratamiento de la insuficiencia respiratoria en la EPI-EA y como estrategia paliativa para el control de la disnea. Dada la limitada información sobre el SVNI en la EPI-EA, la CNAF suele considerarse el abordaje de elección debido a su mejor tolerancia, el control adecuado de la disnea y las secreciones respiratorias, y la facilitación de la alimentación oral y la comunicación con el paciente. Además, la VNI tiene un efecto similar al de la CNAF en cuanto a la mejora de la oxigenación y el control del esfuerzo respiratorio, aunque en las EPI fibróticas avanzadas, la rigidez estructural y el riesgo de barotrauma reducen cualquier posible efecto beneficioso.
Tratamiento farmacológico de la EPI-EA
Corticosteroides
Hasta la fecha, ningún ensayo clínico respalda el uso de corticosteroides o dosis específicas en la EPI-EA. Un metaanálisis reciente mostró que la administración de estos agentes durante la EPI-EA se asoció con un aumento de la mortalidad. En una revisión sistemática publicada en 2025, la prednisolona a >1 mg/kg redujo la mortalidad a los 90 días en pacientes con EPI-EA sin FPI, así como la mortalidad hospitalaria asociada con la disminución temprana de los corticosteroides. Los resultados fueron inconsistentes para la FPI. Sin embargo, las guías de práctica clínica hacen una recomendación débil a favor de los corticosteroides en la EPI-EA [3]. De manera similar, el daño alveolar difuso, la neumonía organizada y otros patrones inflamatorios se han reportado como hallazgos histopatológicos en la EPI-EA (tanto en la FPI como en otras afecciones) y generalmente responden a los corticosteroides. Por lo tanto, hasta que se disponga de estudios con suficiente rigor científico, los autores de esta revisión recomiendan iniciar metilprednisolona o equivalente en dosis de 0,5-1,0 mg/kg/día, reservando dosis más altas de 250-500 mg/día durante 3 días seguidas de una pauta de reducción gradual para los casos refractarios.
Antibióticos
El microbioma pulmonar puede verse afectado por el microbioma intestinal y orofaríngeo, lo que aumenta la carga bacteriana en la EPI y la mortalidad asociada. En pacientes con FPI, se ha descrito un aumento significativo de la carga bacteriana asociada a Campylobacter y Stenotrophomonas durante la EA, así como un posible impacto negativo de bacterias anaerobias y virus. Por lo tanto, el tratamiento debe basarse en antibióticos de amplio espectro que cubran las bacterias típicas y atípicas durante la EA-EPI, sin olvidar las infecciones víricas y fúngicas, y las causadas por Pneumocystis jiroveci en casos sospechosos. En cuanto a la combinación de un antibiótico de amplio espectro con azitromicina, un estudio de 2017 demostró que, administrada a dosis de 500 mg/día durante 5 días, la azitromicina redujo significativamente la mortalidad en comparación con las quinolonas en pacientes con EA-FPI. Estos hallazgos podrían explicarse por la actividad inmunomoduladora y antiinflamatoria de los macrólidos, un probable efecto antifibrótico, la reducción de la frecuencia de exacerbaciones y el control de las secreciones respiratorias. Por lo tanto, se podrían utilizar inicialmente antibióticos de amplio espectro como meropenem o piperacilina-tazobactam combinados con macrólidos hasta que se disponga de los resultados de un estudio microbiológico específico.
Inmunosupresores
Hay pocos datos disponibles sobre el tratamiento de la EPI-EA con inmunosupresores, y la mayoría de los estudios son retrospectivos e informes de casos. El estudio EXAFIP fue un ensayo clínico aleatorizado doble ciego en el que los pacientes con EPI-EA recibieron corticosteroides en dosis altas y ciclofosfamida intravenosa o placebo. Los autores demostraron que la mortalidad aumentó a los 3 meses en pacientes con EPI-EA en quienes se añadieron pulsos de ciclofosfamida intravenosa a los corticosteroides. Estos hallazgos constituyen evidencia en contra del uso de ciclofosfamida en la EPI-EA. Sin embargo, algunos estudios presentan datos a favor y en contra de la ciclofosfamida en la EPI-EA no-EPI, especialmente en la EPI-EAC. En consecuencia, esta evidencia controvertida ha llevado a los autores a recomendar la administración de este fármaco de forma individualizada. Además, se ha demostrado que el rituximab combinado con plasmaféresis e inmunoglobulinas mejora la oxigenación y la tolerancia al esfuerzo en pacientes con EPI-EA; Actualmente se está llevando a cabo un ensayo clínico multicéntrico para evaluar el efecto de esta triple terapia en pacientes con EA-FPI. Además, la evidencia de informes de casos ha demostrado que el rituximab es eficaz en la EA-EPI refractaria al tratamiento estándar en pacientes con afecciones como artritis reumatoide, esclerodermia, síndrome de Sjögren, síndrome antisintetasa, neumonía por hipersensibilidad, neumonía organizada y neumonía intersticial linfocítica. Un estudio retrospectivo de 2025 mostró que el baricitinib mejoró la supervivencia a 90 días en pacientes con EA-EPI idiopática, aunque los resultados deben confirmarse en ensayos clínicos. Se han reportado resultados positivos para tacrolimus, ciclosporina A, tofacitinib y otros inmunosupresores administrados para tratar la EA-EPI, aunque los hallazgos están limitados por el tamaño de la muestra. En consecuencia, los autores de esta revisión recomiendan el uso de fármacos inmunosupresores en casos individualizados de EPI-EA que sean refractarios (empeoramiento progresivo del estado respiratorio con necesidad incremental de soporte respiratorio) a los tratamientos descritos previamente.
Otros tratamientos
La hemoperfusión con polimixina B es una estrategia terapéutica segura que mejora la oxigenación y el pronóstico en pacientes con EA, tanto con FPI como sin FPI, aunque los datos son limitados. Un metaanálisis publicado en 2020 halló que el tratamiento con trombomodulina humana soluble recombinante redujo la mortalidad por cualquier causa a los 3 meses en EA-FPI, sin eventos adversos significativos. Otro estudio mostró el mismo efecto en EA-EPI idiopática, aunque los autores recomiendan validar sus datos en un ensayo clínico aleatorizado. Además, se ha demostrado que el tratamiento antifibrótico reduce el riesgo de muerte y EA en la FPI. Los agentes antifibróticos reducen la progresión de la enfermedad y la mortalidad en otras EPI fibróticas sin FPI. En un estudio de 2025, se halló que nintedanib reducía el riesgo de EA, la estancia hospitalaria y la mortalidad en EA-EPI. En el caso de la pirfenidona, los datos disponibles actualmente no son concluyentes. No se dispone de evidencia clara sobre cuándo iniciar el tratamiento antifibrótico en la EPI-EA, aunque sería aconsejable mantener el fármaco antifibrótico si se administra antes del EA o durante una fase estable del mismo, siempre que se cumplan los criterios de uso. Los pacientes con EPI presentan un mayor riesgo de tromboembolia venosa. Por lo tanto, durante la EPI-EA, deben recibir anticoagulación a dosis profilácticas si el riesgo de sangrado es bajo. También son posibles otros enfoques. Un informe de caso reciente reveló un posible efecto beneficioso del treprostinil inhalado para la exacerbación de la EPI refractaria al tratamiento convencional. Sin embargo, los autores destacan la necesidad de estudios con mayor rigor científico en estos entornos. Un estudio observacional reciente describe un posible efecto terapéutico de las inmunoglobulinas intravenosas utilizadas durante la EPI-EA, respaldando su uso basándose en sus mecanismos antiinflamatorios e inmunomoduladores, así como en su favorable tolerabilidad y perfil de seguridad. Finalmente, los cuidados paliativos de la disnea son esenciales en la EPI-EA, y algunos autores sugieren que los opiáceos pueden controlar la disnea y, por lo tanto, deberían iniciarse junto con el tratamiento de la EPI-EA. Se necesitan más estudios para determinar el momento exacto en el que se deben iniciar los opiáceos, la dosis a administrar y la duración del tratamiento. Los cuidados paliativos deben brindarse mediante un enfoque multidisciplinario, que incorpore medidas como la rehabilitación, el manejo de los síntomas respiratorios, la ansiedad y la depresión, así como una comunicación efectiva tanto con los pacientes como con sus cuidadores. Además, los cuidados paliativos deben integrarse en los programas de manejo de las enfermedades respiratorias asociadas con un pronóstico potencialmente desfavorable, mejorando así la calidad de vida mediante la evaluación de las necesidades físicas y psicológicas y, en última instancia, garantizando una muerte digna.
Fortalezas y limitaciones
Actualmente, la información disponible sobre la EPI-EA sigue siendo limitada. Por lo tanto, consideramos una fortaleza haber desarrollado un algoritmo diagnóstico sencillo que incorpora variables aplicables a la práctica clínica habitual, como análisis de sangre, evaluaciones microbiológicas y hallazgos radiológicos. Con este enfoque, buscamos excluir afecciones que compliquen el diagnóstico diferencial y promover la adherencia a los criterios actuales utilizados para definir la EPI-EA. En cuanto al tratamiento, hasta la fecha, creemos que este es el primer algoritmo terapéutico que resume todas las opciones disponibles y proporciona un protocolo paso a paso para casos de EPI refractaria. Los autores reconocen las limitaciones de nuestro estudio y de los algoritmos propuestos. En primer lugar, ambos algoritmos requerirán una validación futura mediante estudios científicos más rigurosos. En segundo lugar, la mayoría de los tratamientos utilizados en esta área no están respaldados por ensayos clínicos aleatorizados, sino que se basan en estudios observacionales, informes de casos y la experiencia clínica de médicos que atienden esta afección a diario. Finalmente, dada la gravedad asociada a la EPI-EA, los médicos a menudo se ven obligados a utilizar ciertas terapias a pesar de las limitaciones mencionadas anteriormente, por lo que es esencial seguir un conjunto estructurado de recomendaciones que permita una reevaluación continua de la condición mientras se investigan nuevas alternativas terapéuticas.
Conclusiones y direcciones futuras
En la actualidad, la EPI-EA sigue siendo una enfermedad potencialmente mortal, caracterizada por un deterioro clínico rápido y progresivo con una alta tasa de mortalidad asociada. A pesar de los avances en los métodos diagnósticos y las estrategias terapéuticas, la patogénesis de la EPI-EA aún no se comprende por completo. Por lo tanto, el diagnóstico precoz y la exclusión de otras enfermedades que puedan presentar características clínicas similares son esenciales. El algoritmo desarrollado en nuestro estudio puede ser una herramienta útil en estos escenarios. En cuanto al tratamiento, se siguen utilizando corticosteroides, inmunosupresores, antibióticos y oxigenoterapia a pesar de la falta de ensayos clínicos que los respalden. Nuestra revisión propone un algoritmo de tratamiento para la EPI-EA basado en la mejor evidencia disponible. Hasta la fecha, es el primer algoritmo que describe opciones terapéuticas paso a paso y especifica estrategias de manejo para la EPI-EA refractaria. Reconocemos que ambos algoritmos requerirán una validación futura mediante estudios científicos más rigurosos. De cara al futuro, se necesita evidencia científica sólida y ensayos clínicos que permitan tratamientos farmacológicos adecuados, eficaces y seguros. Se requieren con urgencia guías de práctica clínica para el diagnóstico y manejo de la EPI-EA. En el futuro, será fundamental promover proyectos de investigación que ayuden a dilucidar los mecanismos patogénicos de esta enfermedad, mejoren nuestra comprensión y permitan así el desarrollo de nuevas dianas terapéuticas (Figura 3).
